Holi,
Como estamos? Me gusta ver cómo poco a poco la cosa parece que va animando, y eso me hace feliz. Así que también os animo, a que dejéis un comentario, una opinión... que vuestras indignaciones también sea parte del blog, y entre todas hagamos resurgir este lugar.
Pero bueno, vamos a empezar, y es que hoy no ha sido el mejor día de mi vida. Sabes eso días que quieres estar sola, comer helado, ver una peli y no salir de debajo de la manta? Pues tenía uno de esos días, pero como podéis imaginar no ha pasado nada de eso.
Así que voy a empezar dejando un mensaje por aquí: Querida gente espontánea que cree que aparecer sin avisar es un acto de cariño: no lo es.
Es una emboscada. Especialmente cuando acabas de tener un bebé, intentas estudiar porque la vida no te da para más, llevas un moño que desafía las leyes de la gravedad, unas zapatillas peludas dignas de una abuela de 90 años, y una bata que ha visto tiempos mejores. Pero, claro, ahí estás tú, concentrada en tus apuntes, cuando de repente… Ding dong.
Y tú piensas: Por favor, que sea Amazon. Que me lancen el paquete y se vayan. Pero no. Es esa tía de tu pareja que “pasaba por aquí” y ha decidido que lo mejor que podía hacer era interrumpir tu frágil intento de organización. Y tú, con tu instinto de supervivencia anulado por la falta de sueño, abres la puerta.
La escena es digna de una tragicomedia: Tú, con tu look de náufraga que se ha dado por vencida en la vida, la bebé, que hasta hace un segundo dormía como un angelito, ahora despierta y chillando como si hubieras activado una alarma, y tu pareja, que en lugar de ayudar, te suelta la pregunta estrella: “¿Te veo agobiada?”. No, cariño, estoy en mi estado natural de gracia celestial.
Y ahí estás tú, asintiendo y sonriendo con educación mientras la visita se acomoda en el sofá como si estuviera en su casa, preguntándote cosas irrelevantes mientras tú miras de reojo tus apuntes, sabiendo que ese trabajo de psicología no se va a hacer solo, y solo te quedan tres días para la fecha límite. Te preguntas en qué momento de la vida pasaste de ser una persona con control de su tiempo a convertirte en anfitriona involuntaria de eventos sorpresa.
La visita, por supuesto, no capta ninguna indirecta. Tú bostezas, miras el reloj, sueltas frases tipo “qué tarde se ha hecho” y “la niña necesita ducharse”, pero nada. Está instalada.
Al final, tras lo que parecen horas de conversación absurda, la visita decide que es momento de irse. Y tú, exhausta, intentas retomar tus estudios, pero ya no tienes ni energía ni concentración.
Me arrastro hasta la mesa para cenar, con la esperanza de encontrar un pequeño momento de paz. Y justo cuando creo que puedo relajarme un poco, siento algo. Ese algo que toda mujer reconoce al instante.
Sí, efectivamente, me ha bajado la regla como si fueras protagonista de una película de terror de serie B. Tratas de moverte con disimulo, pero ya es demasiado tarde: la silla del comedor ha sido víctima del desastre. Y tu pareja, en su infinita torpeza, sigue preguntando: “¿Pero de verdad te veo agobiada?”.
Respiro hondo, me cambio, limpio el desastre y me preparo para poner a la bebé a dormir. La pongo en la cama conmigo para que se relaje, esperando que el calor y el olor familiar la ayuden a calmarse. Pero mi pareja, que mágicamente ahora sí tiene energía para opinar, se siente ofendido.
— Es que yo también quiero dormir y así no puedo.
Oh, perdón. No me había dado cuenta de que el bebé que acabamos de tener y que yo llevo todo el día cargando también era mi responsabilidad exclusiva.
Pero no digo nada.
Sonrío con aparente tranquilidad, suelto un “tranquilo, duerme” con voz serena, y siguo con lo mio. Mientras tanto, por dentro, una versión de mi misma lanza un cojín imaginario contra la pared.
Él suspira, se gira en la cama y se tapa hasta la cabeza, como si fuera el gran damnificado de la situación. Y ahí me quedas yo, con la bebé aún despierta, con la silla del comedor en la lista de bajas del día y con un trabajo que hacer para un cerebro que ya no da más de sí.
Así que, por el bien de la humanidad, hagamos un pacto: si quieres visitar a alguien que acaba de tener un bebé, pregunta antes. Y si ya estás en la puerta y te das cuenta de que has cometido un error, haz lo correcto: finge que te equivocaste de casa y huye.
Ahora voy a ver si duermo yo también, gracias por leer.
Besos indignantes.